Luisa ‘la Atarfeña’: torera por amor

La historia del toreo cuenta con muchas mujeres que han vestido el traje de luces. Pero, entre ellas, hubo una que pisó el ruedo por primera vez ataviada con el crespón que atestiguaba el luto que aún guardaba por su gran amor. Miguel Morilla ‘el Atarfeño’ moría durante una tarde de corrida en la misma plaza pocos meses antes. Esta es la historia de Luisa Jiménez Carvajal, ‘la Atarfeña’: torera por amor.

 

Una historia de amor irrefrenable

 

Luisa y Miguel se conocieron por una de esas casualidades que tiene el destino. Los toreros solían hospedarse por costumbre en un hotel situado en la Calle San Matías cuando visitaban Granada. Sin embargo, la afluencia de gente durante las fiestas de 1931 hizo que Miguel tuviera que cambiar su rutina y alojarse en el hotel que regentaba el padre de Luisa, al que ella ayudaba en sus labores.

 

La primera vez que los jóvenes se vieron fue suficiente. Había surgido el amor. Un amor tan fuerte e imparable que diez días después de ese encuentro, ambos se daban el ‘sí, quiero’. Y desde entonces, la pareja no se separaba más de lo indispensable.

 

Cuando el diestro iba a las dehesas a practicar su toreo, ella le acompañaba. Allí él le enseñaba a torear. Y desde el momento en el que se casaron, Luisa no faltó a una sola de las corridas de Miguel. En cada una de ellas se la podía ver, con sus enormes ojos negros y su figura menuda y atractiva, animando a su marido desde el tendido. Por eso, la tarde en la que el diestro murió se pudo escuchar el grito desgarrador de Luisa, que gritaba el nombre de su amor, en un intento por evitar que la muerte lo reclamara.

 

La terrible tarde

 

Era la tarde del 2 de septiembre de 1934 y el granadino  Miguel Morilla ‘el Atarfeño’ salía a la plaza El Triunfo de su ciudad natal. En el tendido, como de costumbre, Luisa animaba a su marido. Su hijo de un año, Miguelillo, se había quedado en casa de sus abuelos. La corrida prometía, y es que el diestro se despedía como novillero para recibir la alternativa el mes siguiente.

 

Nunca pudo hacerlo. El toro ‘Estrellito’ truncó su vida de una cornada. Rápidamente fue llevado en volandas a la enfermería. Luisa corrió tras él y, tal era el estado en el que se encontraba su marido, que en un principio no le dejaron entrar. Al fin lo consiguió y la joven no se separó de su amor hasta que el médico de la Plaza dictaminó su fallecimiento. Aunque Miguel ya se había ido incluso antes de llegar a la enfermería. El hilo de vida que le quedaba no le había dejado despedirse de su mujer, pues permaneció inconsciente hasta que finalmente falleció.

 

Miguel Morilla ‘el Atarfeñ0’ era muy querido en Granada. Por eso, su muerte provocó unas inmensas muestras de cariño para su viuda y su hijo. De hecho, en la ciudad se celebró una corrida benéfica que consiguió recaudar 30.000 pesetas para la Luisa y Miguelillo. Con ese dinero, la joven compró una vivienda en Granada, que puso a nombre del pequeño.

 

 

Luisa Jiménez, la Atarfeña

 

El 9 de junio de 1935, en la misma plaza en la que había muerto su marido, Luisa pisaba la arena. La afición presenciaba con una mezcla de entusiasmo y morbo como la joven viuda de 23 años entraba en el ruedo aún de luto. No vistió de luces, sino de corto, y con un crespón negro en el brazo que recordaba a Miguel.

 

La motivación de la Atarfeña no era otra que el amor. No quería que nadie olvidara a su marido y ansiaba vengar su muerte. Además, era un íntimo homenaje al hombre que le enseñó a torear, que compartió con ella su pasión por los toros y consiguió que a Luisa le picara el gusanillo.

 

Tras esa primera tarde, Luisa participó en otras 40 corridas más. Sin embargo, lo que pasó después tiene más parecido con la ficción que con la realidad. Hay quien dice que durante la Guerra Civil, estuvo encarcelada y separada de su hijo durante años. Otros mentideros aseguran que se fue con su hijo a México, donde llegó a protagonizar películas y logró amasar una fortuna.

 

Lo único seguro es que la historia de Luisa ‘la Atarfeña’ es única, conmovedora y digna de ser recordada, sin importar cuál haya sido el final.

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